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LOS RESTOS DEL GENERAL

EL ÚLTIMO CRISTERO

CAPÍTULO UNO

LOS RESTOS DEL GENERAL

De una cueva entre las peñas brotaron dos sombras en la madrugada. Se dirigieron hacia la cordillera cuyo imponente perfil comenzaba a proyectarse al cruzar los sembradíos.

061209-sixnations-500—Te decía que leyeras la carta que nos llegó ayer, Plácido. Tienen problemas las tribus Chichimecas, oyes. Por eso vamos a Biznagas.

Al terminar de bajar la loma dejaron atrás la silueta del último jacal e iniciaron su travesía de tierras recién labradas. Rehileteaban los remolinos entre los surcos.

Agárrate del aigre pa’ que no te tumbe’l viento, Plácido. ¡Jaaaa, ja, ja!

Para cuando el copete del sol se engarzó como un espejo de oro en la corona de la cumbre más alta, ya los dos amigos iban encaramándosele a la sierra por una vereda casi imaginaria.

Por este caracol lo único que ha pasao en los últimos meses es el tiempo, Plácido.maria-stenzel-a-view-of-the-barranca-sinforosa-in-the-sierra-madre-occidental-mountains_i-G-27-2797-AA8OD00Z

Plácido se detenía a devorar cada almácigo de estrellas que encontraba a su paso.

NV 39 Red Rock Canyon Wild Burros

El avance era lento. El peso que el asno llevaba a cuestas no era mucho, pero sí su edad, y la pendiente difícil.

El hombre, alto y extremadamente delgado, tampoco era joven—había visto nacer el siglo veinte. Pero su cuerpo correoso conservaba aún la agilidad y fuerza que le habían salvado la vida en sus peleas cuerpo a cuerpo durante el Conflicto Cristero. Su pelo lacio y todo de plata le caía sobre los hombros. Su piel, cobriza por herencia genética paterna, mostraba una exposición continua al sol. Sus facciones parecían haber sido talladas en piedra por un escultor principiante. Su único rasgo europeo eran las dosOnce Upon a Time in the West - Charles Bronson close-up gemas grises de sus ojos; expresivos y penetrantes cuando hablaba con alguien, pero ausentes—casi sin vida—el resto del tiempo. Vestía los harapos azules que quedaban de lo que en un tiempo había sido un elegante traje de chinaco. Su sombrero ancho y alto tenía tres agujeros de bala y un machetazo en la copa, y una docena de zigzags de puntadas de ixtle corriéndole como un ciempiés por las alas que de todos modos insistían en seguir cayéndose a pedazos. Las botas no le habían aguantado el paso al tiempo, se le habían acabado en el año del caldo. Las había reemplazado con un par de huaraches de tres agujeros que él mismo había hecho con un pedazo de llanta que se encontró en un basurero.

CONTINUARÁ

REMIGIO SOL 2013 ©

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