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LA MUERTE DE UN CRISTERO

EL ÚLTIMO CRISTERO

CAPÍTULO CINCO

LA MUERTE DE UN CRISTERO

Era de madrugada. Le pareció a Cleofas que los gritos eran parte de su sueño.

¡Cleofas Barraza! ¡Vengo a que cumplas la ley de la sierra, Cleofas Barraza!

silueta de hombre en la puertaSe sentó el Coronel en la orilla del catre. Se talló los dos ojos hasta que se acordó que el esfuerzo de la mano izquierda era en vano. Del buró agarró el parche y se lo puso. Se acercó a la ventana y corrió la cobija que servía de cortina. En la oscuridad descubrió a Sóstenes que venía escoltado por cuatro soldados. Si hubiera conocido el Coronel el miedo se le hubiera helado la sangre en las venas. Sóstenes parecía un cadáver viviente temblando de frío y cansancio. El Capitán llamó a la puerta.

¡Coronel, Coronel! Ahí está el General Cuervo. Dice que quiere hablar con usted.

Denle una cobija y algo de comer. Díganle que orita voy, que nomás me voy a vestir.

Comenzaba el alba a disipar las sombras en el cielo cuando salió el Coronel. Se acercó a Sóstenes y le dio el abrazo más largo de su vida.

Me da muncho gusto volvelo a ver, General. Yo lo hacía ya muerto. Platíqueme cómo l’izo pa’ salir vivo de allí, oiga.

Una sonrisa le devolvió la vida al rostro del General.

CHARLES BRONSON SENTADO EN SILLAPos te vo’a platicar, fíjate. Después de que me dejates allí me acomodé bienjohn wayne4 en la rama y me puse a meditar sobre toda mi vida. Me confesé de todos mis pecaos con Dios, oyes. No, duré como dos horas acordándome de todas las maldades que había hecho desde que’staba chiquillo. Ya después de que me confesé me puse a cantar alabanzas. Ya pa’ entonces taba oscuro y comenzó a’cer frío. Las víboras andaban endiabladas, güeno, tú las vites. No dejaban las más grandes de arrimarse bufando de coraje al pino. Querían tragarme las hijas de la fregada. Corté una rama y la dejé cai, y se le’charon encima como perros rabiosos. Te confieso que me dio miedo el frenesí con que la’garraron a mordidas. Ya después que la soltaron noté que la habían destrozao casi toda, pero una parte que tenía trementina no la’bían mordido. Eso me dio una idea. Estuve dándole güeltas en mi mente por muncho rato. De las ramas que’staban a medio pino corté unos zancos.

Cleofas se quedó boquiabierto. —¿U…Unos zancos?

k8910218 (1)Sí, Cleofas. Los medí uno con otro hasta que’staban parejitos. Luego los embarré todos de trementina. Los bajé poco a poco, y lo’luego noté que las víboras no los mordían. Más bien les sacaban la güelta cuando yo desde arriba trataba de tocalas con ellos. Me bajé poco a poquito del pino. Puse las patas en los zancos y comencé a entrenarme despacito alrededor del pino. Las víboras se’ndiablaron tavía más. Se vinieron cientos de’llas y me rodiaron, pero no se atrevían a morder la trementina. Munchas veces tuve a punto de cairme, pero me agarraba de las ramas que’staban más bajitas. Se me cayeron los zancos algunas veces, pero con otras ramas los volvía a recoger. Duré bien muncho rato practicando, hasta que me sentí seguro. Comencé a andar en los zancos por las güellas de las llantas del jeep con el hervidero de reptiles enfurecidos siguiéndome. Pa’cabala de fregar se soltó el aigre, Cleofas. Munchas veces tuve a punto de perder el equilibrio, pero me agarraba de las estrellas y de los santos y de todo lo que se me venía a la mente. Llegué SIERPE HORRENDA jormungandra la bajada y me di cuenta de que no iba a poder continuar en los zancos sin arriesgarme a irme al voladero. No quería voltiar a ver si tavía me iban siguiendo las víboras. Brinqué de los zancos y me dejé ir a gorro quitao en la cuesta’bajo. Me parecía sentir los colmillos mordiéndome los talones. Corrí y corrí hasta que una rama me metió una zancadilla y una piedra me descalabró la frente. Me paré y me di cuenta que la meseta se había quedao ya bien lejos. Me hinqué a dale gracias a Dios, y luego me vine pa’cá.

A qué Mi General Cuervo, oiga. Es usté’l vivo Diablo. Por eso le tenían miedo sus enemigos en la guerra: por su valor y su inteligencia. Por eso lo nombró General el mismo Valentín de la Sierra. Pos ni modo, General. Aquí nos decimos adiós, y ora sí es pa’ siempre, ¡Capitán! —ordenó Cleofas con toda su autoridad—. ¡Prepare un pelotón y fórmelo detrás del cuartel! ¡Orita va el sentenciao a muerte!

true-grit-john-wayne-560Cleofas y Sóstenes siguieron hablando mientras una docena de soldados marchaban y se colocaban frente a la pared del cuartel.

Se quedó el bosque en silencio cuando el sentenciado se acercó y se paró frente al pelotón.

¡Preparen!—ordenó Cleofas.

Sóstenes comenzó a cantar el corrido de Cleofas Barraza.

¡Apunten!

El Capitán y los soldados comenzaron a llorar.

¡Fuego!

fusilamiento_revLa última sílaba de la orden la apagó la descarga. Se desplomó el Coronel Cleofas Barraza con doce balazos en el pecho. Así murió el cristero más bravo de todos, quedando en la historia de Zacatecas —y quizá del mundo— como el único jefe que murió ordenando su propio fusilamiento.

Atraviésenlo en mi burro —le dijo Sóstenes al Capitán—. Voy a llevalo a San José Del Hormiguero pa’ que lo entierre su familia.

CONTINUARÁ

REMIGIO SOL 2013 ©

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