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EL TESORO

EL ÚLTIMO CRISTERO

CAPÍTULO OCHO

EL TESORO

JACAL CON TECHO DE LÁMINAEsa noche, en el jacal en ruinas que le servía de casa, Don Prudencio le contaba a Sóstenes cómo unos años atrás —en el tiempo de la revolución— un grupo de federales renegados había robado una casa de moneda. Perseguidos por la policía, los ladrones habían huído hacia la sierra. Llegaron a Peñascos con sus perseguidores pisándoles los talones. Después de enterrar el botín en una tumba falsa, los bandidos se fueron a la plaza a despojar de sus ropas a varias mujeres —para disfrazarse ellos— y cuando ya estaban listos para mezclarse con la gente, la policía los rodeó. Los ladrones disfrazados de mujer rehusaron rendirse y sacaron sus armas de debajo de sus vestidos, matando a varios gendarmes, pero muriendo todos ellos en la batalla.

¿Entonces es cierto que aquí hay un tesoro enterrao?

No, ya no —contestó Don Prudencio.

¡Me lleva! ¿Quén lo sacó, tío?

Fui yo— dijo Don Prudencio—, estás sentado en él.

¿Qué?

El banco está hueco.

MONEDAS DE ORO DE 30 KILATESSe puso Sóstenes de pie rápidamente, y al levantar la tapa vio las pequeñas canastas cilíndricas de carrizo con sus cubiertas aseguradas con una correa. Al abrir una de ellas se agrandaron sus ojos y su boca a la vista y el contacto de las monedas de oro. Le contó su tío cómo una noche había decidido excavar la tumba que nadie visitaba y cuya cruz no tenía nombre.

Te estaba esperando, sobrino. Yo no tengo uso para este dinero, pero tú tienes buen corazón y todavía estás fuerte. Yo sé que vas a encontrar la forma de ayudar a alguien con este tesoro.

P…Pero… esto es suyo, tío. Es munchísimo dinero.

No, sobrino. Yo tengo aquí todo lo que me hace falta. La gente de Peñascos me mantiene a cambio de que les vigile a sus muertos. Si revelamos aquí esta fortuna, el gobierno nos la va a confiscar. Ya los soldados sospechan de mí. Tienes que irte y llevarte el tesoro de inmediato.

CHARLES BRONSON PENSANDO, TOCÁNDOSE LA MEJILLAPero… ¿cómo le voy’acer pa’ llevarme las canastas, oiga, tío? Deben pesar más de cien kilos cad’una. Además, yo tengo que llevar el cuerpo de Cleofas a San José Del Hormiguero. Orita ya tiene desde en la mañana muerto.

Le vamos a tener que enganchar una carreta a Plácido —dijo Don Prudencio—. Tienes que partir ahora mismo, porque yo sé que los soldados van a venir mañana temprano a interrogarme acerca del tesoro. Te tienes que ir por los llanos. Te va a tomar casi el mismo tiempo llegar al Hormiguero por este lado de la sierra. Ya que sepultes tu muerto continuas con tu tesoro hasta Chalchihuites.

PINTURA AL ÓLEO DE CARRETA VIEJADespués de ponerle a Plácido unos arneses tan viejos que parecían del tiempo de los romanos, le engancharon una carreta podrida en la madera y mohosa en el metal. Consistía el vehículo de una plataforma de vigas de pino sobre un eje de acero y dos ruedas de encino. De las redilas de un metro de alto quedaba solo la mitad aquí y allá. La otra mitad se la habían comido el tiempo y la polilla. Cargaron las canastas —diez en total— y acomodaron el muerto encima de ellas. Luego cubrieron el cargamento con un gabán. Con sollozos entrecortados y un largo abrazo se despidieron tío y sobrino.

Glass_Donkey_Cart_1A la luz de la luna iniciaron Plácido y Sóstenes —el burro y el majadero siempre se cuentan primero— su jornada. El viento era frío y persistente, pero la caminata les ayudaba a mantener el calor de su cuerpo, y para cuando el amanecer venció las sombras, ya iban a muchos kilómetros de su punto de partida. Como Don Prudencio había dicho, a media mañana el terreno se volvió más plano, y conforme avanzaban, los llanos cambiaron de verde a amarillo, de amarillo a café, y de café al color de la images (7)tierra desnuda. El aire continuaba frío, pero podía sentirse ya en los rayos del sol el baño de fuego que se avecinaba. Tres kilómetros adelante, el viento comenzó a agonizar, hasta cesar por completo. Se hizo el calor visible en el horizonte. Parecía brotar de la tierra. Un punto blanco en la distancia comenzó a crecer con cada vuelta de las ruedas; era el pueblo de Palma Vieja y, como le había aconsejado Don Prudencio, Sóstenes tenía planeado rodearlo para evitar la curiosidad de sus habitantes.

Ya te ves bien cansao, Plácido. Yo tamién ya vengo apenas, oyes. En cuanto lléguenos a onde nos vamos a desviar pa’ no pasar por el pueblo, vamos a descansar un rato, ¿tengás?

MILES DE RESES MUEREN EN EL SUR DE MÉXICO POR LA FALTA DE PASTO Y LA SEQUÍAContinuaron su avance. Notaba Sóstenes que conforme llegaban a las proximidades del pueblo, la tierra estaba cuarteada por la erosión y más y más esqueletos de ganado aparecían en la distancia. —Me dijo mi tío que había una sequía, Plácido. No ha llovido aquí ni una gota de agua en cinco años, oyes.

Cuando la torre de la iglesia se podía ya distinguir, el calor se hizo tan intenso que le hubiera horneado los sesos a Fahrenheit y Celsius si hubieran tenido la mala suerte de encontrarse allí. El terreno a lo largo del camino se volvía tan desnudo de vestigios de vida como los arroyos mismos donde las ruedas rodaban.

Esta fregada sequía tá muncho pior de lo que piensa mi tío, oyes, Plácido.

4916425-a-cute-donkey-near-a-wooden-cart--shot-in-dobrogea-romaniaCuando el camino llegó a la Y griega, la pesada carga, el calor y su edad hacían que Plácido se viera igual de muerto que los esqueletos tirados por toda la devastada llanura.

Déjame desengancharte la carreta y los guarneces pa’ darte un poco di’agua, oyes. Vamos a descansar debajo di’aquel mesquite, ¿tengás?


Cultur Leitza (4)rebuznoEn cuanto se le acercó, las orejas del burro se volvieron verticales y sus ojos se avivaron. Una burra extremadamente flaca había aparecido por el lado derecho de la Y griega, y continuaba caminando en dirección al pueblo. Su andar era tan desbalanceado, su debilidad tan extrema, que era imposible comprender cómo no había caído muerta. Plácido comenzó a rebuznar con todo el poder de su existencia, y antes de que Sóstenes pudiera evitarlo, se lanzó con todo y carreta como un trueno hacia la burra, quien, sorprendentemente —dada la debilidad evidente en cada movimiento de su rechinante osamenta— arrancó como conejo asustado, meneando la cabeza hacia ambos lados, exhibiendo la blancura de sus enormes dientes a la impiedad del sol.

CONTINUARÁ

REMIGIO SOL 2013 ©

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3 comentarios el “EL TESORO

  1. Hermoso tesoro haz escrito Remigio muy hermoso

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