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EL CUERVO Y LA LUNA

EL ÚLTIMO CRISTERO

CAPÍTULO DIECISIETE

EL CUERVO Y LA LUNA

ADELA NORIEGA VESTIDA DE NOVIARosalía Luna era conocida en el pueblo como La Viuda Blanca. La razón de su sobrenombre era que siempre vestía del color del vestido que llevaba el día que se casó y quedó viuda. De esto ya hacía más de siete años. Después de decir “sí” en la iglesia, el novio se había llevado las manos al pecho, cayendo muerto de un ataque al corazón.

thumb_20070531-rancho aseguradoElla no era de Minasanta. Había venido de Jalisco. Desde el día de la muerte de su esposo asumió el manejo de su rancho llamado originalmente Rancho Buenaestrella, y conocido desde entonces como Rancho De La Viuda Blanca. Más de una docena se rancheros y mineros de diferente fortuna y edad habían tratado en vano de conquistarla. El más viejo y pobre de sus pretendientes era Sóstenes Cuervo, quien Don_Quijote_y_Dulcinea_by_liiving_in_shadowsvehementemente le hablaba de su amor y le recitaba versos que le componía. Ella lo escuchaba y le agradecía las atenciones, pero no le daba ninguna esperanza. Era Rosalía más bien alta. Sin ser tan joven como parecía, a sus treinta años continuaba siendo un ángel con cuerpo de sirena. Sus ojos eran dos dulces topacios; sus facciones finas; su piel como la luna. Pero su atractivo principal era su pelo. Como una hermosa cascada de magia de oro, así era. Hasta el suelo de largo. Le gustaba lucirlo suelto —como una capa— cuando iba a misa. Y era en el sortilegio de su cabellera donde se enredaban los sueños y los corazones de los que la miraban pasar.

La ida de la luz y los truenos la habían mantenido despierta casi toda esa noche. Le pareció oír que alguien llamaba a su puerta.

mujer vela enciendeDebe ser el viento —musitó.

Pero volvieron a escucharse los toquidos. Encendió una vela de cera, y con ella en la mano se acercó a la puerta.

¿Quién es?

Soy yo, oiga. Soy Sóstenes. Ábrame la puerta por l’amor de Dios.

Abrió Rosalía la puerta y miró entre el aguacero la figura2009-09-02-jcd-LS1F7587-L a punto de caer de Sóstenes recortándose contra la plata del alba que ya comenzaba a nacer en el horizonte.

¡Por el amor de Dios! ¡Mire nada más cómo viene, Sóstenes! ¿Qué le pasó?

Lo ayudó a entrar y lo sentó en un sillón de mimbre. Le secó el rostro con una toalla y le pasó la mano por la frente.

¡Viene usted ardiendo en fiebre! ¿Se da cuenta de que le puede dar una pulmonía?

Sóstenes tartamudeaba y temblaba. Por fin la edad, la tormenta, la malpasada y la caminata lo habían vencido.

Per…Perdóneme por pre…sentarme asina con usté. Es que mis pasos se vinieron pa’cá ellos solos, oiga.

Corriendo de un lado a otro de la casa, Rosalía avivó el fuego de la estufa y puso a calentar dos baldes de agua que trajo del patio. Junto a ellos puso también una cafetera con agua y ramas de yerbanís. En cuanto el té comenzó a hervir lo enfrió en dos jarros, vaciándoloadela noriega hablando con el caporal varias veces de uno al otro. Cuando estuvo listo se lo dio a Sóstenes en un jarro de cerámica etrusca.

Tómeselo, Sóstenes. Yo mientras le voy a preparar la tina para que se bañe.

El viejo intentó protestar, pero no tenía ya fuerzas ni para eso. Se tomó el yerbanís y observó cómo Rosalía acercaba una tina con agua fría y en ella vaciaba el agua hirviendo de los baldes.

Métase a bañar, Sóstenes —le ordenó.

Pe… Pero ¿cómo cre usté que me vo’a bañar aquí delante di’uste, oiga?

Rosalía se echó a reír.

Me voy a ir al otro cuarto. Pero si en cinco minutos no está usted dentro de la tina, yo misma le voy a quitar la ropa y lo voy a bañar.

8102203-bano-relajante-con-un-modelo-en-una-tina-de-latonEn cuanto salió ella, Sóstenes, todo tembloroso, se puso de pie y comenzó a quitarse la ropa. Ya que estuvo desnudo se sentó en la tina. El espacio que ocupó su cuerpo hizo subir el agua hasta el borde. La caricia del agua tibia lo hizo cerrar los ojos. Ni siquiera oyó los pasos de Rosalía que se acercaron a su espalda. Sintió su presencia hasta que ella se arrodilló detrás de él y comenzó a echarle agua con un jarro en la cabeza. Casi se desmaya el viejo al sentir las manos de Rosalía masajeando sus hombros y cuello. Después de suspirarle al oído y darle un beso en la mejilla, Rosalía se puso de pie y trajo un sarape.

Envuélvase y vaya a acostarse en el cuarto —le ordenó.

¿En… En su… cuarto?

Sí hombre, sí. En mi cuarto.

Pe…ro ¿có…mo? ¿En su cama?

Claro que en mi cama, Sóstenes. No le iba yo a pedir que se acostara en el suelo. ¿O sí?

Pero es que…

adela_noriega (1)No tenga miedo, hombre. Esta es la hora en que yo me levanto todos los días. Usted acuéstese y duérmase. Yo mientras voy a ir a ver al caporal para darle algunas instrucciones. Ya que abran las tiendas voy a ir a comprarle a usted alguna ropa. Luego lo despierto para darle algo de comer.

CHARLES BRONSON DRAWING - DIBUJOEs que yo no traigo muncho dinero, Rosalía —objetó el viejo—. —Pero si usté quere le puedo ajustar lo de la ropa con fantasmas. Ella volteó a verlo antes de cerrar la puerta al salir.

Ya está usted delirando de cansancio, Sóstenes. Quédese en su casa y que Dios bendiga su sueño.

adela noriega hablando con el caporalNotó Rosalía el costal junto a la puerta y llamó al caporal.

Lleve estas muestras al Centro de Inspecciones Mineras —le dijo.

REMIGIO SOL 2013 ©Large Black Raven Crow and Rising Moon at Yellowstone

CONTINUARÁ

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