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EL LOCO GENEROSO

EL ÚLTIMO CRISTERO

CAPÍTULO SEIS

EL LOCO GENEROSO

01GRE-37-30-KalogerikoDespués de volver a quitar y lanzar al abismo el rótulo que había sido reemplazado, cruzó Sóstenes el puente. Una hora después llegó al puñado de chozas llamado Biznagas. Se metió en un jacal grande que se llenó de algarabía con su llegada. El susto que se llevaron sus parientes al salir y ver el cuerpo de Cleofas atravesado sobre el asno fue mayúsculo.

Lo llevo a San José Del Hormiguero a que lo entierren en el lugar onde nació. Bájenlo pa’ que descanse Plácido mientras me voy. Traigan mujeres pa’ que lloren por Cleofas, ándenlen.

Después de acostar el cadáver debajo de un pirul, Sóstenes y tres de sus primos volvieron a entrar al jacal.

INDIOS AMERICANOS HABLANDONos cerraron el puente— le dijo Aurelio, el menor de los tres—. Ya hicimos toda las luchas legales, pero las companías madereras y mineras tienen comprada la ley. Ellos queren que úsenos el puente que’llos hicieron y cobrarnos por pasar al otro lao del acantilao. Pero nosotros sabemos que su principal interés es poder ellos cruzar a nuestras tierras para llevarse los bosques y las entrañas de plata de nuestros cerros. Nosotros no necesitamos más que’l puente que nos construyeron nuestros antepasaos. Te mandamos llamar porque pensamos que tú todavía puedes tener influencias en Zacatecas. Muchos de los revolucionarios que viven allí te pueden apoyar. Tenemos que evitar que comiencen a explotarnos la sierra.

DIBUJO DE CHARLES BRONSONMás que influencias vamos a necesitar dinero pa’ pagar abogaos pa’ que nos ayuden—dijo Sóstenes—. Mi tío Prudencio me mandó dicir hace munchos años que’l sabía de un tesoro enterrao. Vo’llir a velo. A ver si el nos puede ayudar. De todos modos, el pueblo onde’l vive queda en el camino que va pa’ San José Del Hormiguero. Allá tengo que llevar a Cleofas pa’ que lo entierren.

De Biznagas salió antes de mediodía —después de dormir unas horas— y comenzó a cruzar la sierra por el rumbo de Peñascos. Antes de llegar al poblado se detuvo y acampó en una cumbre. Después de bajar el cuerpo de Cleofas —que ya comenzaba a ponerse rígido— volteó a ver al burro—. No te vayas’ir lejos, Plácido, ¿eh? No dejes solo a Cleofas.

Nunca amarraba ni maniaba Sóstenes a su compañero.

Ay si me quedo dormido me despiertas antes de qui’ oscurezca.

pedernalTres horas después despertó. Sobre unas astillas de ocote que trajo de un pino colocó un manojo de zacate y encima unas ramas secas. Trajo luego del arroyo un par de piedraslumbre, y de repente, el cantar sagrado del bosque se interrumpió con el sonido que hacían las castañuelas incendiarias al golpearlas una con otra. Una chispa del tercer contacto se anidó entre el ocote y el zacate, y como si fuera una plegaria, el humo comenzó a subir al cielo. Junto a la cafetera de peltre puso a asar14209459-dos-libros-antiguos-aislados-en-un-fondo-blanco una calabaza. De su morral de ixtle sacó unos libros y se puso a leer. Su tercer o cuarto libro podían cambiar de tiempo en tiempo, pero había dos que siempre llevaba con él: La Biblia, y Don Quijote De La Mancha.

once-upon-a-time-in-the-west-screenshotDespués de leer un rato sacó una armónica. Los Ojos De Pancha se le escaparon del corazón al serrano errante, y el eco en las cañadas de la sierra se volvió música.

Sóstenes era así, como esas personas extrañas y solitarias que siempre andan con el estómago vacío y la mente llena de sueños. Cada vez que volvía de la sierra con su burro cargado de metal, o de piñones, o —cuando no encontraba más— de ocote, vendía la carga y repartía el dinero entre la gente.

¡Ahí viene El Loco Generoso! —gritaban los niños—, ¡córranle, a ver si nos da dinero! Lo alcanzaban y hacían una rueda tomados de la mano a su alrededor. —¡Échenos el bolo, Don Sostis!

El viejo sacaba del bolsillo de sus harapos un puñado de monedas y las lanzaba al aire. Después se iba a la cantina, se tomaba un trago, y les daba un peso o dos a las mujeres que ahí trabajaban. Igual hacía con los músicos y el cantinero. Y a los alcohólicos que no tenían para el vicio les dejaba dos o tres copas pagadas antes de retirarse a la cueva donde dormía los días que duraba en el pueblo.

calabazaCon la armónica de vuelta en su ataúd, ensimismado contemplaba ese día en la cumbre su fogata. Su concentración parecía querer descifrar el concierto del chirriar del fuego; la música de la lumbre. De pronto dio un salto y una inusitada alegría se dibujó en su rostro. Corrió hacia donde se escuchaba el comer del asno. —¡Plácido, Plácido! ¡Compuse una adivinanza! Mira, ay te va. A ver si le atinas, ¿eh? ¡Pero enderezaDonkey (1) bien las orejas, hombre! Plácido seguía comiendo sin prestar mayor atención a la algarabía de su amo. —A pesar de ser obesa se le miran las costillas. Tiene un mango en la cabeza. Tiene barbas amarillas. ¿Qué es? ¿Qué es, Plácido? ¿No sabes? ¡Uh, Pos no te digo! ¿Qué se’stá’sando, eh? ¿Qué se’stá’sando, Plácido? ¡Es la calabaza, hombre!

CONTINUARÁ

REMIGIO SOL 2013 ©

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